El fracaso del camino del medio

Opinión 24/08/2017 Por
Todos sabíamos que “los peronismos”, en sus distintas variantes, no podían presentar esa característica nacional, como parte de su crisis de identidad. Sin duda, el macrismo se confirma como una primera minoría con ocho millones de votos, que no es poco pero tampoco mucho, para sus proyectos de veinte años de gobierno.
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1 El voto amarillo se consolida. La nueva derecha, cada vez más sólida. No importa que seis de cada diez argentinos manifiesten su oposición a la política de Macri. Los resultados, por ahora, a esa oposición no le alcanzan, a ellos les permite avanzar. Es cierto, el análisis de Bruschtein: “El resultado electoral implica una concentración de poder inédita en la representación política de la derecha, en los sectores más conservadores, que suman así, su control del gobierno, de gran parte de la Justicia, de los servicios de inteligencia y las fuerzas represivas, de la corporación mediática y fundamentalmente del poder económico”.
La derecha se hace bloque. Los opositores en cambio, en diáspora. La derecha consolidó una instancia nacional. Todos sabíamos que así iba a suceder y que así iba a ser presentada la elección, desde que los funcionarios macristas lo anunciaron desde el exterior. Todos sabíamos que “los peronismos”, en sus distintas variantes, no podían presentar esa característica nacional, como parte de su crisis de identidad. Sin duda, el macrismo se confirma como una primera minoría con ocho millones de votos, que no es poco pero tampoco mucho, para sus proyectos de veinte años de gobierno. Y no es mucho, porque como bien señala María Seoane, a su frente “se levantó como una muralla –a pesar del fuego demoledor de persecución y estigmatización- la sombra terrible de Cristina como líder de la oposición con unos seis millones de votos a nivel nacional, quedándose con dos de los territorios más importantes, PBA y Santa Fe”. Con todos sus errores, sus desplantes, guste o no guste, a propios y extraños, ganó la madre de todas las batallas.

2 “La única forma de resistir en democracia a esa concentración de poder es una construcción de grandes consensos…”, añade Bruschtein. Innegable, pero ¿de dónde partimos? La crisis de identidad del peronismo es sin duda un tema central, que los resultados ofrecen pistas para comprenderlo. Más allá de todo subjetivismo, es innegable que el peronismo opositor está representado por Cristina, cuya perfomance –en las peores condiciones- empaña la alegría amarilla y produce desazón en algunos militantes “peronistas”, que le habían dado el certificado de defunción anticipado.
Las maniobras en el recuento de votos para ocultar la derrota del oficialismo en Buenos Aires y Santa Fe, con reminiscencias de “fraudes patrióticos”, son harto elocuentes del impacto.

3 El segundo dato contundente es el fracaso de las variaciones de “neoperonismo” (comencemos a nombrar las cosas por su nombre), que propuso –no sin soberbia- un supuesto camino del medio, entre Macri y Cristina, que se volcaba en los hechos más hacia el lado de Macri que al de Cristina. Hablo de Massa (15 % en Buenos Aires, sin poder ni siquiera ganar su distrito) o de Randazo, Navarro, Pérsico, con una evidente mala lectura del peronismo que se quedó con un triste 6%.Estas versiones hicieron propio el odio macrista a Cristina. De igual forma algunos PJ, con legisladores que lo invocan y que votaron las leyes amarillas, así como la supuesta liga de gobernadores –algunos triunfantes en sus provincias- que más que encarnar una alternativa política se comportan como un “club de trueque” junto al gobierno, presentado como un “peronismo republicano”, que da “gobernabilidad” al proyecto antipopular.
El caso más extremo fue la derrota de Schiaretti y De la Sota que tras un año y medio de noviazgo furioso con Macri, quince días antes de la hecatombe salieron a pegar al novio por un problema de fondos, porque una cosa es ser amigo con poder electoral, que sin él. A los que se suman ciertos pregonadores de una “unidad”, a la par que denunciaban la “tilinguería progre del kirchnerismo” cada vez más alejado del peronismo, pero que contra sus pronósticos se hizo fuerte en la Matanza y en los distritos más populares del Buenos Aires profundo, con innegable perfil peronista.

4 El denominador común de estas variantes es ignorar que lo que está en juego en el país es la contradicción entre dos proyectos políticos muy claros. La confusión en la comprensión del peronismo como una mera “etiqueta que fortalece las chances de cualquier empresa política, más que un legado popular transformador”, como bien sostiene Edgardo Mocca.
No hay camino del medio para la oposición, salvo que “se propicie un sistema de partidos capaz de garantizar una tranquila alternancia entre fuerzas que compitan por el voto pero que cumplan el pacto de que los intereses del capital concentrado no se tocan”. El proceso de unidad del peronismo y de otras fuerzas políticas sólo puede comenzar, desde las bases, con una nueva y gran convocatoria, antes de octubre, en torno a un programa de reparación histórica, sin exclusiones a priori, pero con una clara ratificación del proyecto histórico del movimiento nacional, que parta de la realidad que los datos electorales muestran. “La única forma de resistir en democracia a esa concentración de poder es una construcción de grandes consensos”. Desde la contradicción planteada. El país agroexportador y financiero, con la supremacía del Mercado o el país con desarrollo industrial, con un fuerte mercado interno y el protagonismo del Estado. Una “opoamiga”, que hace la vista gorda a las consecuencias nefastas del proyecto amarillo o una oposición democrática que lo frene. No es fácil. Mucho puede ayudar la convergencia en la calle del reclamo.

5 Pocas palabras para terminar. Contra todos los pronósticos y los ninguneos, en un contexto amarillo bailando al ritmo de Gilda, Pablo Carro -sin recursos- se ubicó tercero y con posibilidades de crecer.

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