Under cordobés de los '90, entre discos ignotos y trovadores improbables

Cultura & Espectáculos 09/08/2017 Por
Los formatos de distribución de la música replantearon la relación entre tecnología y música popular. El fetichismo del objeto y cierto apego anacrónico mantienen en vigencia formatos casi caducos.

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Hay un gesto anacrónico y persistente: grabar un disco. Desde el momento en que todo puede ser digitalizado, las cosas parecen valer menos. Los discos son casi excusas, una necesidad creativa propia de un paradigma en crisis. Después de probar con el amedrentamiento judicial, con los megaeventos, las reuniones con giras mundiales, la industria deja de lado los discos como principal fuente de ingresos y se lanza a digitalizar sus propios catálogos y adaptarlos a los mil y un formatos de circulación posibles. Remasteriza, ofrece lados B, grabaciones encontradas, onerosos box sets, repite con demora la estrategia comercial de la multiplicación de los soportes y medios de reproducción iniciada por los estudios cinematográficos. Hoy todo converge, hoy todo es “contenido”.
Vivimos una versión berreta del mundo de las ideas platónicas, donde elarquetipo está ahí en la nube, esperando ser descargado. Un sublime tecnológico en el que toda codificación digital es un commodity que tiene precio de lista en la tienda virtual (o que se esconde un link, una ruta pirata entre las aguas grises de la web y un servidor en Letonia, Eslovaquia o algún otro país moroso para el imperio del copyright).

La contracara complementaria de ese sublime es el retro, que se regodea en el casete y el vinilo y en el lugar común de que todo tiempo pasado fue mejor. El romanticismo mal entendido de la tendencia a la adoración de genio artistainsiste en olvidar las relaciones necesarias entre música popular y tecnología.
El retro es retrógrado, embellece un pasado inexistente al suprimir sus conflictos. Pero para algunos de los que armaron sus mapas musicales en la última década del siglo pasado, que vivieron al CD como un módico objeto de lujo, a veinte dólares convertibles, persiste un discreto fetichismo del objeto. Café Tacvba lo resume con ironía quirúrgica en El objeto antes llamado disco. Sin embargo, todavía, se siguen grabando discos. Los costos de los estudios, la cultura mediática salvaje y unitaria de los noventa y la política conservadora de las discográficas hicieron que en Córdoba, hace veintipico años, el disco propio fuera una quimera, un capricho costoso y sacrificado.
Acaso por eso, hoy, muchos músicos locales persistan en concebir su obra apartir del disco, ese secreto objeto del deseo. Acaso por eso, todavía hoy, los melómanos se resistan a tirar CDs rayados y cada tanto se compren uno más. En 1993, los Rústicos del Viejo Sueño grabaron un disco de título profético ycirculación ínfima: El principio. El rumor también dice que rechazaron uncontrato de la Sony. Puede ser arbitrario pero supongamos que ese disco fue origen, punto nodal, de un under persistente.
Asumamos una genealogía arbitraria de las muchas posibles: entre los Rústicos y Planta Madre se gestó el germen en torno al cual gravitarían algunos estoicos hacedores de discos. Una cruza extraña donde confluyeron tempranamente reggae, rock, electrónica, cumbia y cuarteto. Esos nombres se irían desgranando con el tiempo en bandas y escenarios diversos: Palo y Mano, Los Cocineros, Casa Babylon, 990, Andrés Oddone, La Cartelera, y en Barcelona, Che Sudaka. A ese caldo de cultivo cabe agregar la presencia intermitente del jazz afroperuano del Guarango de Bam Bam Miranda y la sombra fresca de leyendas locales como Pelusa y Jiménez. Y también las Boca en Boca, amadrinando movidas.

De ese under salieron discos extraños, desparejos y, por momentos, geniales: la larga tanda de títulos gastronómicos de Los Cocineros donde se destaca Platos voladores, Retornar de las mareas de Andrés Oddone donde Andy Clifford engaña oídos incautos haciendo pasar su voz de gringo de Argüello por la de un moreno afrocaribeño, Los limones domingueros de La Cartelera grabada en la Cueva, el estudio de La Mona. En paralelo hay, por supuesto, otras genealogías posibles, otras series de demos y discos que van de lhip-hop de Locotes y el jazz-metal de Sur Oculto al cruce de Fede Flores y Vivi Pozzebón en Tamboorbeat; del Tití Rivarola yendo de la Eléctrico-folclórica del Bicho Díaz al agite de su hermano Ají con los Armando Flores... Toda enumeración siempre pecará de insuficiente. Hay un gesto menos anacrónico pero también persistente: escribir canciones. La canción, desnuda suele asociarse a la guitarra. Y no a cualquier guitarra sino la del cantautor militante y sensible. La canción sentida no tiende a llevarnos inmediatamentea la big band con línea de vientos, tumbadores, dreadlocks y campera Adidas (salvo que uno tenga a Rubén Blades como referencia ineludible). Haciendo una concesión al prejuicio, hoy una impronta cancionera también remite a cierto imaginario sensible y electrónico, con programaciones a la uruguaya. Otra genealogía de la canción pura puede a los próceres del rock nacional. Pero seguro no remite a priori a los íconos populares y masivos locales, tolerados por la industria del entretenimiento y del marketing político. No obstante, de la genealogía de bandas multitudinarias que podría comenzar en El principio, también parió una camada de letristas, intérpretes y solistas.

Un aire folclórico, a mitad de camino entre chacarera, galopa y ritmos peruanos sorprende ni bien arranca Ventolera: Soy en el que en el carro va
cantando una de la Mona. Ficho si sobra en la ciudad algo pa’ llevar a la casa y volverlo pan. La canción se llama “Tan olvidado” y es el tercer tema del proyecto solista de Martín Marassa, ex Leyenda y ex Muka Pach.
Hay un gesto osado, un salto infrecuente en las bandas locales: salir de gira. En febrero de 2010, del otro lado de Tordesillas, en pleno carnaval carioca, en un sótano tórrido de Copacabana, atrozmente similar a Pétalos de Sol, Sol Pereyra presentaba su disco solista Bla Bla Bla. El doble programa también incluía a La Cartelera, que encaraba su segunda gira por Brasil, disputándole la cima del podio en kilómetros y horas de viaje a Caligaris y Cocineros. Cerraba un DJ angoleño al que buena parte de la concurrencia había ido a ver. Ese encuentro casual, tan invisible como inesperado, ante cincuenta personas que no conocían ninguna de sus canciones, y mientras Río de Janeiro bailaba al son de las escolas do samba, resume la escena que se gestó en la ciudad desde comienzos de los noventa. Una felicidad subterránea, hecha de canciones propias y ajenas, de discos inconseguibles que a veces resuenan en la web. (Nota publicada en revista Deodoro, noviembre 2012).

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