Icardi, un grito de rebelión

Actualidad deportiva 15/06/2017 Por
No señor: Icardi no fue citado porque evidentemente, invitarlo al equipo hubiera sido declararle la guerra a Maradona. Y sabemos que, a nivel de salud mental, expone menos pelearse con Kim Jong-un, el presidente de Corea del Norte, que con Diego.
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Dice mi amigo Matías Barzola: “califica el que no califica”. Coincido. Se refiere a esta costumbre tan argentina de darle entidad a la opinión de actores sociales o deportivos, que hablan como si fueran perfectos pero tienen algo que huele mal dentro del placard. Y no son medias sucias…. Inducen, en muchos casos, a que los demás piensen parecido y establecen dogmas que nadie se anima a ignorar. Menos aún, a contradecir.

Hace un par de años, Diego Maradona se horrorizó con Mauro Icardi y condenó sus travesuras de alcoba. Le hizo mucho mal a su moral, que Icardi diera fe de lo suave que eran las sábanas de Wanda Nara, la compañera del también futbolista y compatriota, Maxi López.

Entonces le bajó el pulgar y no se privó de descalificarlo y provocarlo. Esa decisión, germinada en la pasión de Diego para encontrar enemigos en todas las cuadras, se proyectó a un hecho concreto: Icardi fue ignorado por los entrenadores de la selección. Sus goles fueron de humo; sus actuaciones destacadas en el Inter no resultaron suficientes ni convincentes, para disipar los cuestionamientos diseminados del ex capitán. No importó el recurrente bajo nivel de los jugadores elegidos para esa función, o de la absurda convocatoria de Ezequiel Lavezzi. No señor: Icardi no fue citado porque evidentemente, invitarlo al equipo hubiera sido declararle la guerra a Maradona. Y sabemos que, a nivel de salud mental, expone menos pelearse con Kim Jong-un, el presidente de Corea del Norte, que con Diego.


Esa situación abrió un frente de discusión que nunca se agota. Confrontar con Diego es asumir el riesgo de pagar un impuesto muy alto. Sobre todo si quien piensa diferente, tiene aspiraciones de moverse en los espacios donde Maradona se siente referencia ética y moral para establecer reglas y citarlas como ley. Versión moderna de los inagotables (y resbaladizos) “códigos del fútbol”. Ya lo dijo Matías: califica el que no califica.
Ahora y siempre, lo prohibido o inalcanzable, pasa a ser tentación. El rechazo de Maradona potenció a Icardi y generó un caldo de cultivo porque en cada aparición pública de Maradona, la gente dice “no sé de qué habla, pero me opongo”. El desagrado que sienten muchos por la capacidad reflexiva de Diego, multiplicó la curiosidad por ver si Icardi daba con el talle de la “9” de la selección, a partir de la certeza de que los habituales convocados vienen perdiendo aceite. O sea, nadie da fe que Icardi sea la salvación, pero es exactamente lo opuesto a lo que tenemos.


Este fenómeno de la oposición tiene un ámbito fértil en las canchas, donde se va de un extremo al otro con una facilidad asombrosa: el mismo tipo que insulta a un jugador, es capaz de pedir una estatua para él si hace un gol sobre la hora.
Desde hace un tiempo, cuando la selección juega mal, desde la tribuna baja un atronador “Maradoooooo….”. No se pide por el Diego jugador, porque ya está fuera de acción; menos como entrenador, porque su gestión fue en blanco y negro. Su nombre significa la excelencia, lo supremo. Se canta “Maradooooo” invocando a los dioses del fútbol, a los que han emocionado a los hinchas, incluso sin llamarse Maradona.
Entonces, de tanto Agüero que juega para el Deportivo Kun; de las deficitaria

Las actuaciones de Higuaín; de la bipolaridad futbolística de Messi; y de la perspectiva estrecha de los entrenadores para considerar opciones, el nombre de Mauro Icardi se enarboló en una marca registrada. Fue una bandera surgida en momentos de guerra afectiva. Un grito de rebelión. Los hinchas, hartos de los mismos nombres y de adivinar qué chistes justificaban la citación de Lavezzi, reclamaron una chance para el delantero del Inter.


Ahí aparece Mauro Icardi. Todavía no le vimos los botines, pero ya lo sabemos lleno de tatuajes, pendiente de los cortes de pelo y los aros. Sonriente desde las redes sociales, tan orgulloso de sus autos espaciales como de los escotes que Wanda Nara socializa jugando con el teléfono.


Los hechos, los partidos, su protagonismo, irán moderando el clima gélido que le reservaron en el vestuario de la sele, en una extorsiva solidaridad con Diego. Mientras tanto, en el medio del ajedrez político que juega Jorge Sampaoli al convocarlo, Icardi llega con un libreto en el que se leen letras invisibles a los ojos, pero perceptibles para los observadores agudos: cero exposición mediática, mínima ostentación, contracción al trabajo y disciplina, para desterrar de forma definitiva su proscripción.
Su nombre es el de una bandera. Sorprendente testimonio de un fútbol argentino que pendula graciosamente entre la doble moral: algo puede ser escasamente ético para unos y altamente rentable para otros, si sólo focalizamos en lo deportivo.

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