Héroes Silenciosos

Opinión 09/10/2016
Llueven papelitos desde la tribuna. Las palmas de los aficionados revientan unas con las otras transformándose en el aplauso más ensordecedor que pudo haber escuchado las tribunas de ese estadio. Están por aparecer los protagonistas.

La terna inaugura el túnel y los equipos se enfilan detrás de los hombres de negro, listos para jugar el partido más importante de la historia. Nacho, el árbitro principal, frena en la boca del túnel para agarrar con sus manos la pelota, y de pronto la sensación lo deposita en su dormitorio, sentado en la cama, esperando los mates de su vieja, la Esther, mientras hace zapping buscando algún resumen del partido que acaba de empatar Belgrano. Si su vieja lo viera, ahí, a punto de dirigir ese partidazo… Nachito deja de pensar en los mates, y vuelve al partido, mientras en su cara se dibuja una sonrisa cómplice: si supiesen Fabricio y el Colo Peressini lo bien que se vio el partido de la B en Coritiba. Algún día les contará que, desde acá, desde el cielo, los partidos tienen otra perspectiva, única, diferente, les dirá que él también viajó, gritó cada gol y fue testigo de cómo el fenómeno de la B hacía eco hasta en los periódicos del paraíso, y seguro que en algún que otro del infierno. De paso le preguntará al Colo como anda su hija, que debe estar enorme, porque uno se va un año y las cosas cambian hasta de esencia; y le dirá al Fabri que no sea gil, que no se piense que está solo, que él también desde acá hace fuerza para que algún día llegue a Primera División.

Nacho revisa sus bolsillos: tarjeta amarilla adelante, tarjeta roja atrás, moneda para el sorteo, lápiz y silbato en mano. Mira de reojo, y por atrás, una veintena de tipos esperan su ok para salir al campo de juego. Entre esa veintena, el que lo segundea, es Marquitos, árbitro de la reserva y primer asistente ahora. Lo mira, y “Wachin”, como le decían sus compañeros árbitros, le devuelve el gesto con su mirada furtiva y seria, que indica que en el partido de reserva tuvo que repartir tarjetas pero que salió todo bien, a pesar de las dos expulsiones, la de Abel y Caín, una para cada bando. Esos dos que se fueron directo a las duchas, seguro que traían alguna bronca de antes. Nacho le pregunta si ya está listo y Wachin le dice que en un minuto, mientras se tapa la pulsera de la T con la muñequera. No quiere que ahí en el cielo se enteren que él es matador, ya tiene demasiado con los retos de San Pedro, que le hace acordar mucho a las cagadas a pedo de Ricardo Olmedo, cuando se la mandaba acelerando la moto, presumiéndole a su novia. Ni hablar de su vieja, Graciela, de quien extraña los retos y los abrazos, y de su viejo, Eduardo, a quien sigue viendo como su gran modelo a seguir, ahora que le siguen recordando lo iguales que son. Qué dirían ambos, si se enteraran que acá arriba la está pasando fenomenal, que los está cuidando siempre abrazándolos en cada pensamiento. Wachin, acomoda la muñequera Diadora que le regalo su amigo, el perro Billone, y se anota mentalmente no olvidarse que, cuando termine el partido, de alguna manera debe mandarle una señal para que deje preocuparse tanto por la salud de La Mona. Es que a Wachin, Dios le confirmó, en una de las primeras charlas que tuvieron, que al mandamás del cuarteto todavía le queda para rato cantando en el Sargento.

Marquitos controla sus tarjetas, enrolla su banderín y mira a los otros dos integrantes de la cuaterna arbitral: Diego y Juancito. Ambos están charlando de Talleres, el club de sus amores, como si estuviesen de paseo, o tomando una cerveza. Wachin les llama la atención, pero Dieguito no puede dejar de pensar en lo contento que estará su papá Diego con el reciente ascenso de la T. De seguro que él ya sabe que gritó y se abrazó en cada gol en las dos categorías del bendito ascenso. Eso sí, Dieguito no le va a confesar nunca, ni a su papá Diego, ni a sus hermanas, mucho menos a su mamá Belén, que él también tuvo algo de crédito en ese zapatazo al ángulo del Cholo Guiñazu. Aunque no sepa que a Belén eso lo pondría muy orgulloso, como siempre.

Dieguito cumple con el mismo ritual de Wachin, controla sus tarjetas, y se esconde debajo de su remera, el collar con el silbato de plata, que se puso con Diego, su papá, cuando lo compró en una joyería del centro. Sabe que, mediante esa silbatito, estarán unidos para siempre.

Mientras tanto, Juancito, que acaparó el reto de Wachin como si fuese el de mamá Nancy, se mira sus incondicionales zapatillas blancas, y se pregunta si el gringo Stevenott o Monjes lo retaran diciéndole que el árbitro tiene que ir todo de negro, cosa que entra totalmente en contradicción con los pibes de la famosa banda de la “Sub 20”. Luquitas, Juan David Arce, el Leandro Dominguez, Cabro, el Pochi Ullua y hasta el mismo Dieguito, ya se estarán riendo, sobretodo porque aquellas zapatillas también las usó en un partido que hizo de asistente en la Boutique, entre las glorias del 78 de la T e Independiente. Las usaba incluso, hasta para levantarse a lavar los platos, tarea que hacía muy orgulloso sabiendo que su mamá se iba a dar clases luego de unos difíciles años de estudiar, recibir y conseguir trabajo de lo que realmente le gustaba hacer. O cuando también lo hacía ayudándole a la cantidad infinitas de tías, que aun a la distancia, le siguen haciendo el aguante en cada partido junto a su hermana Sol.

Juancito cierra la preparación de la terna atándose sus cordones, le levanta el dedo pulgar de la mano derecha a Nacho, indicándole que ya está listo para salir. Nacho le devuelve el gesto, y le advierte que tenga cuidado con los bancos, ya que como cuarto árbitro va a tener que ser riguroso con los suplentes del equipo de los Inquisidores, que bastante protestones son. El técnico, Lucifer, sabe esconder las pelotas cuando van ganando. Wachin y Dieguito, al unísono advierten a Nacho, que tenga cuidado con el cinco del mismo equipo, un tal Judas, que siempre juega con los codos arribas. Con los buenos no hay problema, siempre colaboran, sobretodo el número diez y capitán, un tal Jesús.

Ya los cuatro preparados, abren la puerta del túnel, y la caminata silenciosa les da la bienvenida al partido más importante de la eternidad. Se abrazan, se saludan, y empiezan a ser consciente, que a partir de ahora, tarjeta en mano, silbato en boca, en cada partido que necesite justicia, habrá cuatro ángeles cuidando al árbitro...

9 de Octubre: Día Provincial del Árbitro.

Gracias y nunca dejen de dirigir.

Nacho, Diego, Marcos y Juan, por siempre en nuestros corazones.

Te puede interesar