Ilegítimos en origen

Opinión 16/04/2017
El periodista Néstor Pérez de manera “arbitraria e insolventemente”, toma elementos de la historia política argentina para abordar “la crisis de identidad”, en origen, de la clase política que conduce los negocios públicos desde hace 34 años.

Para explicar el peronismo entre los años '43 y '55, que por lo colosal, es casi como intentarlo con el cristianismo o la injusticia existencial, Peter Waldman echó mano al esquema de "crisis nacionales", un enfoque teórico de los investigadores G.Almond y L.Pye. Así, el objeto de aquel examen quedó diseccionado en segmentos vivos, por carácter y por intensidad. En unidades, en "crisis".

Arbitraria e insolventemente, tomo ese instrumento para plantear el tema que me propongo abordar: la "crisis de identidad" en origen de la clase política que conduce los negocios públicos desde hace 34 años.

Decía Waldman de aquella dirigencia venal, colonizada y servil de los años 40 que, "en lugar de emplear los medios de organización y de sanción al servicio de los reclamos y objetivos de la sociedad en general, el estado los utilizó para defender los intereses de una minoría".

El sistema político se expandió, pero no se lo consagró a solucionar los problemas nacionales. Su ineficiencia estimuló un enfrentamiento cada vez más enconada en torno al problema de cuál era la clase o el grupo social más autorizado para ejercer el gobierno y, en general, de cuál era el orden político más eficaz y mejor.

Hoy el sistema político, cruzado como está de intereses corporativos, aguas arriba de los dramas, intereses y anhelos populares, carece de legitimidad para imponer normas y procederes que organicen y distribuyan acabadamente los atributos, tensiones y conflictos de un pueblo con memoria, con identidad.

Hace apenas días, el agua arrasó con las escasas previsiones que, en materia de seguridad, debe tener una planta de residuos peligrosos como TAYM. Todo sucedió ante el azoramiento de quienes creen que al gobierno le importan las consecuencias de lo que pudiera causar un negocio tan privado como letal. Entonces, no pasó mucho hasta que se autorizara el consumo de agua, basados los responsables de la decisión en un informe pericial realizado por un equipo cuyo codirector es el Secretario de Ambiente Provincial, o sea.

El equipo pertenece a una unidad de investigación química de la prestigiosa UTN. El hombre que está de los dos lados del mostrador es Javier Britch. Ahi nomás, en la espesura de ese accidente, el grupo Roggio despliega sus poliédricos negocios aupados por gobiernos populares que fueron ungidos para deshacer privilegios, no para reproducirlos. Roggio es Taym, y el que vende el agua que Taym contaminó, Roggio es el canal que lleva el agua contaminada por Taym Rayuela de negocios purulentos. 

Con acierto, el gobernador de Córdoba decía ante los empresarios que la democracia no pudo con la pobreza. Que "en 1974 el desempleo alcanzó su mínimo histórico, con 2,7% y desde entonces, la dictadura primero y los gobiernos electos después, todos, la incrementaron hasta alcanzar los guarismos actuales, 30 por ciento de pobres". Hay 40 por ciento en su provincia, elude Juan.

Es a partir de la dictadura cívico militar que esa cifra se eleva, durante los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem, hasta ubicarse en 17,3% en 1996, de la mano de la desindustrialización y las privatizaciones de las empresas estatales. Desindustrialización.

El que informa con datos reales fue el funcionario que tenía a su cargo promover la industrialización del país desde su despacho público, no aceitar la maquinaria de la destrucción de cuanta factoría hallaran en el camino el sistema financiero y las empresas de servicios.

Si el examen recoge datos de lo actuado en filas de quienes abandonaron el gobierno nacional en diciembre del 15, la crisis de legitimidad en origen también suma nutrientes.

Comenzando por quien fuera su espada electoral, el candidato de Cristina Fernández, el lastre y el helio, Daniel Scioli. Graduado en Marketing, carrera sin prestigio, en el fondo del imaginario subversivo. El hombre que evolucionó políticamente cuando los sectores populares se hundían en la ciénaga del desempleo, corridos fuera del mapa por un modelo político restaurador de privilegios. El que cuando gobernador, les pedía a sus docentes que no le hiceran más paros. A quien Roberto Baradel le hiciera seis paros en busca de reivindicaciones laborales. Pero quizás lo que hunda el dedo en la llaga de la legitimidad original - leve hipotesis de este periodista - sea la violencia contra una de las banderas más nobles del proyecto kirchnerista: el derecho a la identidad.

Scioli tuvo una hija que nació en 1978, pero que recién fuera reconocida por el político en 1993, quince años después y luego de negarla una y otra vez. Ilegítimo para ponerse al hombro el proyecto de una coalición que consagró derechos de minorías de manera irrevocable. Pero nadie parece haber reparado en detalle de tan poca factura.

El General represor, figura intocable, Cèsar Milani, fue defendido por quien debió haberlo puesto ante la justicia, la Jefa Suprema de las FFAA. En lugar de eso, el ataque a la familia de las víctimas. Ante la justicia, digo, que juzga a sus pares de tan sangrientas fechorías en las tinieblas del Proceso. Milani es un represor, por eso se lo persigue; pero se decía hombre del proyecto popular. Nacido ilegìtimo.

Y llegamos al Presidente de la Nación, legítimo por el voto. Ilegítimo por prácticas proverbiales en la carrera que le edificó su familia. Un hombre rico que recoge el mandato histórico de su clase y recupera para ellos el dominio de un Estado al que aborrecen, pero que sirvió de polea de transmisión en cada uno de sus emprendimientos corporativos. Desde la primera década infame. Están allí para allanar el camino, hacer de la burocracia una pesadilla para los nadie, no para ellos. En otras tantas columnas me detengo en sus prestaciones. Aquí solo agregaré aquello que ya escribí: el macrismo es un temperamento, no un dispositivo ideológico; y como tal, mucho más peligroso; no lo vimos venir?, ¿por qué esto no sorprende?,¿Por qué solo motiva muecas de desaprobación, si lo hace? Al cronista se le ocurre que es por acostumbramiento, pero además, por impunidad. ¿Creerse impunes?, no: saberse impunes; lo permite la matriz urdidida desde los despachos oficiales para que la institucionalidad sea solo algo asì como la "máscara de Fernando", evocando el noble tiempo de nuestra primera hora libertaria.

Ahora bien ¿y si la crisis de legitimidad fuera nuestra, de la sociedad, el colectivo social, el sujeto político, nosotros?.

Claro, el Pueblo, en tanto tal, me dirá el sabio, no puede ser otra cosa que legítimo. De acuerdo, pero ¿no somos los mismos que nos burlamos de Belgrano celebrando a Paunero o Mitre? ¿Los que ignoramos a Manuel Ugarte, Ramón Carrillo o Bialet Massé, pero ¿corremos a defender a Máximo K o Juliana Awada?.

Nos mienten porque nos mentimos. Estamos ante una escena conocida en los tiempos de la escolaridad primera, la aplaudida desnudez del monarca. En el epílogo se me ocurre que festejar el retablo del simulacro es como elegir en qué sartén queremos ser asados. Entonces, propongo resistir las adhesiones acríticas, porque, al fin y al cabo - me vuelvo recurrente - somos como la madera, la piedra, el fuego: tenemos memoria. Y no es poca cosa, ahora que sabemos quiénes y para qué nos han declarado la guerra.

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